Estaba ahí el Sol tratando de encontrar la razón de su existir. Cansado de buscarla comenzó a cuestionarse sobre quien era de verdad, sus preguntas terminaron por llevar su atención hacia su fiel compañera, la Luna. Él sabía que ella no era más que el fiel reflejo de la luz de un astro, entonces una pregunta aquejo su cabeza “¿Acaso seria yo ese Sol?” No se hizo esperar, así que fue a buscarla con tal de escuchar respuesta a sus palabras.
Al escuchar la pregunta Luna se sonrojo diciendo, que en algún día, tal vez predestinado, ella dejaría de ser un simple reflejo para fusionarse con aquella fuente de su luz. Fue de esperarse que estas lindas palabras crearan de nuevo una razón de vivir en aquel joven Sol. Este extendió uno de sus resplandientes rayos de fuego y escribo entre las estrellas algo que salió desde el fondo de su corazón ardiente: “La fusión de dos astros comienza con un sueño reclamando ser real, fomentando en mí la esperanza de emanar juntos una sola luz.”
Pasaron los días y aquella ilusión crecía en ambos, cada vez se hacía más fuerte exigiendo silenciosamente ser vuelta realidad. Todo era felicidad dentro del joven Sol, incluso nunca había brillado con tanta intensidad, hasta que… Luna corrió a refugiarse lejos sin dar ninguna razón. El Sol quedo perplejo y lo primero que hizo fue tratar de alcanzarla, sin lograr conseguirlo. Una vez que la Luna se alejó lo suficiente para que la luz del Sol no la alcanzara, este se vio obligado a admirar el tenue reflejo de su amada a través del mar, esperanzado en que cobrara vida.
Ella solo repetía al frio vacío del espacio: “Vanos intentos de iluminar una Luna que jamás brillara.” Las palabras llegaron al Sol como gritos de ayuda y desesperado por rescatar a su amada comenzó a brillar con la mayor intensidad que podía, pero se dio cuenta que era imposible iluminar la vida de aquella dueña de sus pensamientos. Ella se había escondido debajo de un obscuro velo, pensando en que no debería brillar.
La Luna siguió vaciando su alma entre llantos, haciendo caer polvo de estrellas a aquellos que admiraban su tristeza. Ella a pesar de haber perdido todo su brillo, seguía refugiándose detrás de un escudo de agua y rocas, opacando así la inspiración de aquellos poetas al ver a su Luna obscura. Entonces un poeta en el suelo, a los pies de la Luna, se atreve a dirigirle unas palabras pidiéndole así que recuerde aquella razón por la cual ha emanado luz desde siempre. Al escuchar tan bellas frases ella sonríe y decide desechar aquel motivo de su tristeza, dejando que este se pierda en el vacío junto con el secreto sus llantos. Abandona el escudarse dentro de la obscuridad, y se dirige hacia su Sol. Mientras se aventuraba hacia él, comenzó a sentir el éxtasis, volvió a sentir esa emoción de vivir, recupero esas fuerzas de seguir adelante pues la Luna había recibido de nuevo la luz de su sol.
Inmediatamente el Sol fija su atención hacia la obscuridad y recupera la alegría al ver su Luna, nunca había perdido las esperanzas sabiendo que necesitaba ser fuerte por los dos. Entonces el tiempo se detiene y algo sucede entre ellos. Él decide arriesgarse y se acerca lentamente a su Luna, aun teniendo miedo de perderla. No le importaba nada más que el hecho de estar con su amada, él siempre estaría tan dispuesto por su Luna que no le importaría incluso perder su propia luz. Ambos entienden que el día predestinado los ha alcanzado, y únicamente aceptan con alegría el regalo que se les ha otorgado. Ella permite dejarse envolver entre los brazos de su amado, y este continua lentamente cubriéndola con su brillo, provocando así lágrimas de alegría entre aquellos espectadores del hermoso eclipse.
La libertad suprema, un sueño utópico, una meta imposible, un deseo lunático. Es todo lo que la Luna iluminada es para mí, el Señor Sol.
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